martes, 6 de agosto de 2013

"La solita" Idiotez: por Fiódor M. Dostoievski

Merece la pena dedicar unos minutos a leer la siguiente reflexión, plasmada por Dovstoievski en su libro "El Idiota", sobre el individuo y la sociedad. Como si de un verdadero clarividente se tratara, describe con asombroso detalle la sociedad actual. Nos habla de políticos, de estafadores, de rebaños de personas o, si se prefiere, de la sociedad ovina, de la administración pública, del exceso de funcionariado y de su escasa practicidad, y del mal porvenir de las ovejas de color inadecuado (ovejas negras, verdes, rosas, amaríllas, narajas ...)


"La gente se queja sin cesar de que en nuestro país no hay hombres prácticos; de que políticos, por ejemplo, hay muchos, también hay muchos generales, y administradores pueden encontrarse ahora cuantos se necesiten de la clase que sea, pero no hay hombres prácticos. Por lo menos todo el mundo se lamenta de que no los hay. Se dice incluso que en algunas líneas de ferrocarril carecemos de buen personal; no hay manera, dicen, de organizar una administración más o menos tolerable en una compañía de navegación. Se nos cuenta que en alguna línea nueva de ferrocarril ha habido un choque de trenes o se han hundido unos vagones al cruzar un puente; escriben que en tal lugar por poco ha de invernar un tren en un campo de nieve: el viaje debía durar unas horas y el tren ha permanecido cinco días bloqueado en la nieve. En un lugar miles y miles de puds* de mercancía se están pudriendo durante dos o tres meses en espera de la orden de envío, y en otro lugar, según cuenta (hasta resulta increíble), un administrador de ferrocarriles, es decir, un factor, al empleado de un mercader que no lo dejaba en paz para que diera salida a unas mercancías, en vez de la salida le administró los dientes de un puñetazo, y encima explico la acción administrativa alegando que se había "acalorado un poco". Según parece, son tantos los puestos en los servicios del estado que hasta da miedo pensarlo; todo el mundo ha servido, sirve o tiene la intención de servir en la administración pública, de modo que, al parecer, ¿cómo no se ha de llegar a constituir con semejante material una buena administración de una compañía de vapores?
A veces se da a esta pregunta una respuesta muy sencilla, tanto que hasta no se llega a creer la explicación. Es cierto, se dice, que en nuestro país todo el mundo ha servido o sirve a la administración pública y así se viene haciendo desde hace doscientos años según el mejor modelo alemán de bisabuelos a bisnientos, pero los funcionarios del estado son precisamente quienes menos sentido práctico poseen, y se ha llegado al extremo de considerar hasta hace poco tiempo y hasta entre los propios funcionarios que el saber abstracto y la falta de conocimientos prácticos constituyen poco menos que virtudes máximas y una recomendación. De todos modos en vano nos hemos puesto a hablar de los funcionarios, de quienes en realidad queríamos hablar es de los hombres prácticos. Al respecto ya no hay duda de que la timidez y la carencia total de iniciativa propia siempre se han considerado entre nosotros, y todavía hoy se consideran, como el rasgo capital y mejor del hombre práctico. Mas, ¿para qué culparnos solo a nosotros mismos caso de que ese parecer se tome como una inculpación? La falta de originalidad en todas partes, desde que el mundo es mundo, se ha considerado siempre como la primera cualidad y la mejor recomendación del hombre activo, eficaz y práctico, y por lo menos el noventa y nueve por ciento de los individuos (realmente por lo menos) han sido siempre de este parecer, y a lo sumo el uno por ciento ha visto y ve las cosas de otro modo.  
Casi siempre los investigadores y los genios al comienzo de su actividad (y con mucha frecuencia también al final) han sido considerados por la sociedad como unos tontos, tal es la observación más rutinaria, demasiado conocida de todos. Si, por ejemplo, durante decenas de años todo el mundo colocaba su dinero en el banco de préstamos y se acumularon en él miles de millones al cuatro por ciento, es lógico que cuando eso no fue posible y todos tuvieron que actuar según su propia iniciativa, la mayor parte de dichos millones tuvieron que perderse irremisiblemente en la fiebre de la especulación con las acciones de la sociedades anónimas y en manos de los estafadores, así hasta lo requerían la decencia y el decoro. Precisamente el decoro; si la decorosa timidez y la decente carencia de originalidad hasta ahora han constituido entre nosotros, según la opinión general, una cualidad inseparable del hombre eficiente y honesto, resultaría en verdad demasiado deshonesto y hasta inconveniente cambiar así de pronto en demasía. ¿Qué madre, por ejemplo, llena de amor por su criaturita no se asustará y no enfermará de miedo si su hijo o hija se sale por poco que sea del carril? No, que sea feliz y viva en la abundancia sin originalidad, piensa toda madre al acunar a su hijo. Y nuestras niñeras, al arrullar a los críos, salmondian y canturrean desde los tiempos más remotos: "¡De oro vestirás, a general llegarás!" (...)" DOSTOIEVSKI, Fiodor M., El Idiota, 1868

*Un pud=16,3 kg

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