Desde el té de la mañana hasta la crema hidratante antes de dormir, son muchos los ritos personales que hacemos a diario sin apenas esfuerzo. El miércoles pasado decidí cambiar de rumbo -no porque estuviera cansada de recorrer siempre las mismas calles, ni tampoco porque "cualquiercosa" en mi interior me pidiera hacer cambios en mi vida -, lo hice porque sí. Volvía de mi clase de Italiano. Tranquila y relajada. Tenía tiempo de sobra para estar puntualmente en en lugar donde me iba a encontrar con unos amigos (al final llegué 5 minutos tarde ). Caminaba e inconscientemente me desvié del itinerario que sigo religiosamente todos los lunes y miércoles; en un instante inspirador, ahora imposible de reproducir, comencé sentir que debía mirar hacia lo alto, desviar la mirada del frente y observar todas aquellas cosas que me había perdido durante tanto tiempo, maravillarme con las copas de los árboles, los balcones de los edificios, las luces a lo lejos,... curioso. Otro punto de vista.
No es que yo sea una persona especialmente metódica y rutinaria, -de hecho soy todo lo opuesto ya que puedo presumir de una naturaleza desastrosa, despistada e impulsiva-, pero aun así -como todos- disfruto de la seguridad que me aportan las conductas repetitivas. Si está bien así, ¿para qué cambiarlo?.
Pese a todo, estoy convencida de que es muy importante hacer un esfuerzo y ser consciente de ello, ya que es único modo de evitar caer en la pesadez de la monotonía.
Disfrutad de lo cotidiano, pues sucede a veces que se acaba el Té Earl Grey y en el desayuno echamos de menos esa pequeña tacita que nos da las fuerzas para seguir adelante.
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