Conmovedora donde las haya, la película Elsa y Fred se ha convertido en una proclamación de los derechos de los mayores, frecuentemente olvidados y casi siempre ridiculizados.
LOS PROTAS
Fred, castizo madrileño, hipocondríaco, recién enviudado y “chapado a la antigua” tiene una vida ordenada y monótona, en la que prefiere no haya cambios.
Elsa, descarada argentina, divertida y traviesa, afronta su miedo a la muerte creando un mundo de fantasías que gira en torno a su escena filmográfica favorita: Cuando los dos enamorados de “Dolce Vita” se besan dentro de la Fontana de Trevi.
LA TRAMA
Será un pequeño percance automovilístico el que entrelazará las vidas de Elsa y Fred. Desde este desafortunado incidente el espectador empieza a intuir los intereses económicos, que en cada una de las familias, tienen los hijos con respecto al patrimonio de sus padres.
Ambos personajes, como Romeo y Julieta en el siglo XVI, se sorprenden a sí mismos luchando contra los prejuicios que la sociedad tiene contra las personas mayores que no se dejan morir en la soledad y deciden vivir.
Esto se ilustra bastante bien en la conversación que tienen Fred y su hija cuando ésta le pilla tirando todas sus pastillas por el retrete:
Hija: Papá, ¿te estás dejando morir?
Fred: No, me estoy dejando vivir.
Son criticados duramente por no sentirse ancianos, por no sentirse enfermos, en definitiva por no ser dependientes, -como no son dependientes tienen la capacidad de utilizar su dinero (el dinero que los hijos esperan heredar) para gozar del poco tiempo que les queda juntos…- sin embargo, su amor pasa por encima de todo y de todos como un todoterreno.
Para mí hay dos momentos que hacen a la película dulce y entrañable:
El primero comienza cuando Elsa invita a Fred a cenar en un restaurante de “lujo”. Comen y beben hasta la saciedad. Fred, pese a estar inquieto durante toda la velada debido a que se está excediendo en la ingesta alimentos perjudiciales para su colesterol, acaba disfrutando de la cena animado por Elsa. Cuando les traen la cuenta ponen el grito en el cielo, por ello, Elsa propone irse sin pagar aprovechando que el camarero está distraído y sobretodo porque “¿quién va a sospechar de dos viejitos…?”. Dicho y hecho, salen del restaurante y huyen alocadamente en el coche. Fred, siente que el corazón le va a estallar, y aunque está muy enfadado con Elsa le pide que le lleve al hospital. Cuando en observación el médico le dice que sólo tiene el pulso un poco acelerado debido a la ingesta de alcohol, Elsa y Fred, con mirada cómplice empiezan a reírse a carcajadas. Esa misma noche, Elsa duerme en casa de Fred.
Los dos tortolitos empiezan a hacer vida de pareja, y un día mientras cocinan, Fred, de manera distraída, pide a Elsa que apunte en la pizarra que hay que comprar tomates. En la pizarra había escrito TE QUIERO. Un te quiero que aunque muchos lo consideren cursi, al venir de un personaje como Fred, es rabiosamente encantador.
LOS GRANDES
Los mayores en los países desarrollados representan alrededor de un 20% de la población total. En los últimos años, los medios de comunicación han comenzado a prestar atención al maltrato físico y psicológico al que están sometidas muchas de estas personas, tanto en los centros geriátricos ilegales –y no tan ilegales-, como en el seno del hogar.
Es bastante penoso que la sociedad trate a las personas de avanzada edad como deshechos sociales cuando son extraordinariamente valiosas. Sus experiencias, conocimientos y luchas son menospreciadas e incluso son objeto de mofa.
Decía mi abuela hoy: “Ay la crisis… mi pensión no es muy alta, pero si como medida para ayudar a los más jóvenes este año no nos dieran la paga doble de Navidad, a mi no me importaría, porque colaboraríamos de alguna manera para que el futuro de país salga adelante”.
Nos han regalado la vida. ¿Qué mejor gratitud que proteger la de ellos?


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